San Petersburgo está construida sobre un lodazal; un inmenso delta que forma el río Neva en su desembocadura al mar Báltico. Fue una ciudad salida de la nada, en un lugar de climatología adversa, donde llueve más de seis meses al año; antes del nacimiento de la ciudad, ningún pueblo quiso establecerse aquí, donde era imposible cultivar nada, pues cada cierto tiempo el agua se lo llevaba todo.
Pero Pedro el Grande decidió que este lugar tan inhóspito sería el lugar donde él situaría la capital de su Imperio. Los rusos, que tienen un tanto de sensatez y otro tanto de superstición, saben que esa decisión fue un ataque de locura. Pedro había viajado por toda Europa vestido de sirviente; había estudiado en las mejores universidades y creía firmemente que el Hombre debía controlar a la Naturaleza, y no al revés. El hecho de que, en aquel momento, este territorio perteneciese al Rey de Suecia no pareció amilanarle. Por algo le llamaban el Grande.
Así que un día Pedro llegó y le arrebató a los suecos la pequeña fortaleza que controlaba la salida al Báltico. En esa fortaleza ordenó construir una capilla, y en esa capilla ordenó celebrar una misa ofreciéndoles sus victorias a sus santos patronos Pedro y Pablo. La Fortaleza de San Pedro y San Pablo fue el primer edificio petersburgués.

En sólo cinco años, Pedro diseñó y construyó una ciudad a su medida. Con la ayuda de los mejores arquitectos italianos, él mismo dibujó los planos, fijó dónde estarían las casas de los ricos y las de los pobres, qué aspecto tendrían y de qué material estarían hechas. Él mismo trabajaba de sol a sol con los obreros, los albañiles y los braceros. El 1 de mayo de 1705, Pedro dio por inaugurada su ciudad, a la que dio un nombre holandés: Sankt Pietersburg, en honor a su santo protector y, de paso, en honor a sí mismo también.
Sólo había un problema: la ciudad estaba vacía. Ningún noble ruso quería vivir en ella, pues es bien sabido que esa ciudad no estaba destinada a existir, y el zar había apostado contra el destino. Semejante atrevimiento no podía traer más que desgracias. Pedro les dijo a sus nobles:
- San Petersburgo es la nueva capital de mi Imperio y el lugar donde tendré mi corte. Si os mudáis a mi ciudad, os daré palacios y tierras y sirvientes.
Unos pocos le hicieron caso y se trasladaron a San Petersburgo, pero la gran mayoría dijo:
- Esa ciudad no debería existir. Si nos mudamos allí, ocurrirán desgracias. Preferimos quedarnos en Moscú.
Así que Pedro les respondió:
- San Petersburgo es la nueva capital de mi Imperio y el lugar donde tendré mi corte. Si os mudáis a mi ciudad, os daré palacios y tierras y sirvientes. Pero si insistís en quedaros en Moscú, os quitaré todas vuestras tierras, vuestros palacios y vuestros privilegios.
Y de esta manera consiguió el zar que su corte se trasladase con él a la nueva ciudad.
Era un hombre que toleraba muy mal las negativas.
Pese a todo, los nuevos petersburgueses sabían que la ciudad era un desafío al destino. Cada tantos años, el Neva y sus afluentes, el Moika y el Fontanka, volvían a por sus fueros y reclamaban lo que se les había arrebatado. Los palacios se inundaban, las calles volvían a ser lodazales y muchos sirvientes perecían ahogados.
Sin embargo, los zares que sucedieron a Pedro mantuvieron la capital en San Petersburgo; porque había sido un gran pecado construir esa ciudad antinatural, pero hubiese sido aún peor desafiar a la ciudad dejándola abandonada.
En el año 1762, después tres escasos meses de reinado, el pusilánime zar Pedro III fue encarcelado y asesinado por su esposa Sophie. Sophie era un mujer culta, inteligente y una grandísima estadista, y se hizo coronar Emperatriz con el nombre de Catalina II.



Catalina sabía lo que quería ser en la Historia: tan Grande como Pedro el Grande. Y se empleó a ello. Fundó dos ciudades (Yecaterimburgo en los Urales y Odesa junto al Mar Negro), pero sus mayores esfuerzos los dedicó a la gloria de San Peterburgo. Mirando de frente a la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, al otro lado del Neva, Catalina ordenó levantar un monumento a su ídolo Pedro I: el Jinete de Bronce.

Los petersburgueses se miraron preocupados y dijeron:
- No es bueno mentar a la bicha. Hay que dejar que los muertos descansen. No podemos revivir los pecados de nuestros antepasados.Aquel año, las inundaciones fueron más virulentas que de costumbre. Descartes, que había venido a pasar un par de días, cogió una pulmonía y se murió. Muchos petersburgueses consideraron esta desgracia como un mal augurio. La muerte de un filósofo cartesiano nunca ha traído nada bueno.
Catalina murió y su hijo Pablo fue asesinado, pues era tan pusilánime como su padre, y fues sustituido por Alejandro I, al que Catalina había educado personalmente. Alejandro quería parecerse a Catalina y a Pedro, el Jinete de Bronce, pero finalmente decidió que su destino era otro. El 1 de diciembre de 1825 emprendió un viaje a Odesa, la ciudad que su abuela había fundado. Nunca llegó. Alejandro I, el vencedor de Napoleón, fingió su muerte por el camino, para empezar una nueva vida en un monasterio de Crimea. Se dice que su fe fue recompensada con 111 años de vida en la tierra y con una inmensa sabiduría.
Mientras tanto, en San Petersburgo, seguían, puntualmente, las inundaciones, las lluvias y los ataques de locura. Un vagabundo petersburgués, alcohólico y ludópata, que acababa de regresar de los campos de trabajo en Siberia, tuvo, una tarde de 1857, un ataque de epilepsia. Mientras se convulsionaba sobre el suelo tuvo una revelación divina: vio cómo las aguas inundaban la ciudad hasta hacerla desaparecer por completo; para después cubrir la superficie de la Tierra y el universo entero. Una voz celestial dijo, en eslavo clásico:
- Así daré fin a mi Creación.Muchos años después, cuando el pobre vagabundo, llamado Fiódor Dostoyevski ,había publicado ya varias novelas y era conocido en toda Europa, se atrevió finalmente a escribir en sus diarios esa visión que había tenido al volver de Siberia. Gracias a él, los rusos saben hoy que el día en que San Peteresburgo desaparezca, llegará el fin del mundo.
Más escritores y zares llegaron y murieron, hasta que en 1917, un tal Vladímir Ulianov decidió, un poco porque sí y otro poco motivos reales, que San Petersburgo no debía ser ya capital del Imperio, puesto que el imperio ya no existía. Esta vez, nadie tuvo que convencer a los nobles y los ricos de volver a Moscú: según parece, París les quedaba más cerca. Ulianov murió un par de años después y su sucesor, un tal Yósif Yugasviili, decidió cambiarle el nombre a San Petersburgo por el apodo que le daban a Ulianov: Leningrado, ciudad de Lenin. Y a la entrada de la ciudad se erigió una estatua en su honor:
Lenin guiando a las Masas; o, como se la conoce popularmente,
Lenin llamando a un taxi.

Leningrado podría haberse quedado, pacíficamente, a esperar el final de los tiempos, pero alguien quiso acelerar el proceso. Un día Hitler dijo:
- Leningrado y París ser las ciudades más bellas de Europa. ¡Yo conquistar Leningrado y París!Conquistar París le fue relativamente fácil, porque al fin y al cabo París sólo es una ciudad mona, pero Hitler no había contado con que Leningrado era la ciudad del final de los tiempos, y que los rusos no iban a dejar que el mundo se acabase así como así. El general Zhúkov, nombrado por Stalin para organizar la defensa de la ciudad, elaboró un intrincado plan de túneles y vías de comunicación por toda la ciudad, y diseño espectaculares camuflajes para los edificios de la ciudad, para de esa manera proteger la belleza de los ataques de los nazis. En cuanto a las estatuas y las valiosas pinturas del Museo del Hermitage, Zhúkov decidió enviarlas a Moscú hasta el final de la guerra, cosa que hizo en tres lotes: primero la colección del Hermitage; luego la del Museo Ruso; y dejó para el final las estatuas que adornaban las calles. Naturalmente, la estatua más importante era la del Jinete de Bronce, y Zhúkov decidió que su traslado se haría por la noche, para no alarmar a la población, que veía en el Jinete el símbolo protector de la ciudad.
Sin embargo, el Jinete de Bronce nunca llegó a Moscú. La noche anterior a su traslado, Zhúkov tuvo un sueño. Al igual que Dostoyevski, Zhúkov vio cómo las aguas inundaban Leningrado y sintió, aterrado, que el final de los tiempos llegaría inmediatamente después. Pero, súbitamente, el nivel de las aguas bajó y de ellas surgió, galopando, el Jinete de Bronce, que se dirigió a Zhúkov y le dijo:
- Mientras yo esté en San Petersburgo, la ciudad será invencible.Inmediatamente después Zhúkov despertó entre sudores y ordenó que la estatua del Jinete se quedase en Leningrado, pasase lo que pasase.
Poco después la Wehrmarcht llegó a las puertas de la ciudad, y comenzaron Los Novecientos Días. Probablemente, uno de los episodios más terribles de la Segunda Guerra Mundial. Durante el asedio, llegaron a morir más de 10 000 personas diariamente de hambre o de frío. Simplemente se desplomaban en las calles, y su cuerpos nunca llegaban al cementerio. Nadie preguntaba de dónde venía la carne que se vendía en los mercados. De la ciudad desaparecieron los gatos, los perros, las ratas y las palomas. La herida de Los Novecientos Días sigue abierta, y pocos petersburgueses quieren hablar de ello.
Pero el Jinete de Bronce siguió en pie, junto al Neva, y Leningrado fue invencible. El 9 de agosto de 1942, Shostakóvich estrenó en Leningrado su séptima sinfonía. Cientos de miles de petersburgueses famélicos, enfermos, moribundos, mutilados por los persistentes bombardeos nazis, asistieron al concierto en plena calle, mientras las bombas caían a su alrededor. Y se sintieron invencibles.
En 1944, la ciudad fue liberada.
Hoy en día, el Jinete de Bronce sigue en pie, mirando hacia la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. El final de los tiempos, por el momento, está lejos.