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Animalicos

  • Tengo una estudiante que es una bruja. Es decir, que se dedica a la magia negra de forma profesional. Debe de ser un negocio boyante si le da para pagarse la matrícula de la escuela. Ella cree de sí misma que es una vampiresa y que chupa la energía de las personas que la rodean. Yo creo de mí misma que el día menos pensado le voy a cruzar la cara. ¿Será el poder de su magia?
  • Un estudiante me tira los trastos y se ha apuntado a varias clases mías. Nunca está de más tener un pretendiente; lo malo es que cada vez que le explico que "a partir de" no significa lo mismo que "durante", se siente desengañado, cruza los brazos y dilata los agujeros de la nariz.
  • Tengo una señora mayor que estudia español desde hace cinco años y lo único que ha aprendido hasta ahora es a asentir con la cabeza. Le pregunto si ha entendido y asiente con la cabeza. Le pregunto si tiene dudas y asiente con la cabeza. Le pregunto qué dudas son exactamente y asiente con la cabeza.
  • Tengo un estudiante de nivel inicial que usa compulsivamente la coletilla "saes que", construyendo frases como: "Yo en la mañana saes que trabaje por mucho horas saes que luego yo cansa mucho saes que casi no puede visitar la clase de español saes que".
  • Tengo un estudiante de nivel intermedio-alto que se precia de haber leído el Quijote en castellano para su tesis. Cuando habla, usa palabras como "agora", "desfacer", "quebrantos" y "mozuela".
  • Una estudiante mía se echó a llorar en clase porque se estaba haciendo pis y no recordaba cómo se pedía permiso para ir al baño en español. Y cuando digo "chica" quiero decir "treinteañera".

Breve historia de las sillas en Rusia

Pedro el Grande fue, antes que nada, muy grande (medía dos metros). Vivió intensamente los locos años del Siglo de las Luces y decidió impregnarse de todo el conocimiento que le fuera posible. Viajó por Europa vestido de criado y estudió en las mejores universidades (aunque no consta que se licenciase en nada). En sus viajes, hizo un descubrimiento asombroso que le hizo envidiar lo avanzado de las sociedades de Europa occidental: las sillas.

No: en Rusia, antes del siglo XVIII, a nadie se le había ocurrido inventar la silla.

No, no se sentaban en el suelo. Hasta ese momento, la ingeniería rusa había evolucionado tanto como para descubrir la banqueta. Una no puede dejar de preguntarse cuántos siglos más habrían tardado en discernir el concepto "respaldo" si Pedro el Grande no hubiese estado allí para hacérselo ver.

Tras sus largos viajes por Europa, Pedro volvió a Rusia y se enfrascó en modernizar el país. Él mismo, que era muy inteligente y tenía conocimintos de ingenieria, diseñó y construyo las primeras sillas rusas. Preparó una gran recepción para sus boyardos en los que les expondría las nuevas leyes (afeitarse las barbas, no hurgarse los dientes con el cuchillo, no meterse el dedo en la nariz) y, en lugar de las habituales banquetas, rodeó la mesa de sillas. Eran sillas muy bonitas, con el respaldo tallado en madera, como les correspondía a los boyardos y al zar.

Los boyardos fueron llegando a la sala de audiencias del Kremlin y se encontraron con esos objetos desconocidos... No dijeron nada, por no ofender al zar, pero permanecieron de pie sin saber qué hacer. Cuando Pedro les ordenó que tomaran asiento, se miraron unos a otros. Cogieron las sillas. Las miraron. Entonces, los más avezados, que sabían del amor de Pedro por los inventos, se dieron cuenta de que aquellas cosas servían para sentarse: treparon por el asiento y se quedaron cómodamente sentados sobre el respaldo (bueno, unos más cómodamente que otros, pues los hubo que se sentaron a hocajadas, como sobre un caballo).

Pedro, que debía de estar partiéndose de risa por dentro, asintió con la cabeza, arrastró su silla hacia fuera y se sentó en ella, con la espalda bien apoyada en el respaldo, como debe ser.

No queda constancia de la reacción de los boyardos, pero es muy posible que algunos insistiesen en su error y permaneciesen sobre el respaldo para no sentir vergüenza. El caso es que, en adelante, las sillas sustituyeron a las banquetas en el Kremlin; que se sepa, hasta el día de hoy.

10 cosas que echo de menos de España

  1. La luz del sol
  2. El papel higiénico de doble capa
  3. Los popis
  4. Que el lavabo y la ducha no compartan el mismo grifo
  5. Mi gato
  6. Las normas de circulación
  7. Los fines de semana sin trabajar
  8. Radio Nacional mientras desayuno
  9. Vivir sola
  10. El agua del grifo

¿Malhablada, yo?

Por algún tipo de pudor ancestral, los profesores de idiomas, a día de hoy, suelen omitir cualquier clase de vocabulario relacionado con la, digámoslo finamente, "intimidad" de nuestro cuerpo. De esta manera, el estudiante se ve obligado, en el cine, en la calle, a aprender la palabrota, sin recurso al nombre científico.

Ahora bien: ocurre que el estudiante de idiomas, tarde o temprano, va al país del idioma que estudia; puede suceder que el estudiante sea una chica, y que esa chica necesite, en un momento dado, ir al ginécologo. Y en ese momento crítico, cuando tenga que enfrentarse al médico, es cuando se demuestra que las lagunas pedagógicas quedaron bien suplidas con el lenguaje de la calle.

- Dígame, señorita, qué le ocurre.

- Pues que desde hace una semana siento unas leves molestias en la zona del p*to c*ño.

No digas: supersticiosos; di: cautos

Aleksandr Pushkin, ese poeta romántico ruso al que todos, probablemente, habréis leído (aunque intentéis disimularlo) murió, según la Wikipedia, por una bala en el pecho, al enfrentarse en duelo con un caballero francés que le hacía la corte a su esposa, la hermosa Natasha Púshkina.

Como en tantas otras cosas, la Wikipedia se equivoca también en esto. Cualquier ruso, y especialmente cualquier petersburgués, sabe perfectamente que Pushkin murió porque se dejó los guantes en casa. Tal cual.

La cosa es así: dejarse algo en casa cuando sales a la calle es mala suerte. Pongamos que es mala suerte de nivel amarillo: puedes pisar una caca de perro, caerte en un charco, encontrarte en el camino de un escupitajo (a los que los rusos son muuuyy aficionados)...

Pero Pushkin no sólo se olvidó los guantes. Lo malo es que Pushkin se acordó a medio camino, dio la vuelta y volvió a casa a buscarlos. Porque si dejarse algo al salir de casa es mala suerte, volver a por ello es aún más mala suerte: es mala suerte de nivel naranja. Puedes romperte un brazo, ser despedido del trabajo, descubrir que tu novia te pone los cuernos...

Pero el error que realmente le costó la vida a Pushkin fue no mirarse en el espejo antes de volver a salir de casa. Esto es claramente una alerta roja de mala suerte, y significa: ¡muerte! ¡Destrucción! ¡Bolchevismo! ¡Gulag!

Y claro, le mataron. Si es que se lo estaba buscando.

¿Supersticiosos, los rusos? Noooo, ¡qué va!

Sexo, insomnio y Offenbach

Me acosté a medianoche. En torno a las dos de la madrugada llegaron mi compañero de piso (al que yo llamo Humpty-Dumpty por su increíble parecido físico con un huevo de gallina) y su novia como dos elefantes a una cacharrería. Pegaron cuatro o cinco portazos, un par de gritos, encendieron la televisión, la apagaron y se fueron a la cama.

¿A dormir? Por supuesto que no: a fornicar. Lo cual no sería asunto mío si los chillidos de ella no lo hubieran convertido, directamente, en asunto mío. Pensé: no pasa nada, están borrachos; a esperar que terminen y vuelta a dormir.

Pues no. Resulta que mi compañero es de los de veinte sin sacarla, o más. Así que encendí la luz y me puse a leer. Con tan mal resultado que me terminé el libro y la novia seguía chillando. Intenté dormir de nuevo, esperando que el agotamiento fuese más fuerte que el ruido, pero ya estaba desvelada y me fue imposible.

Pensé: me levanto, me visto y me voy a buscar una farmacia abierta donde comprar tapones para los oídos. Pero a pesar de lo pro-rusa que soy, pasear por callejuelas escondidas de San Petersburgo a las cinco de la mañana me da algo así como pereza.

Entonces tuve una revelación: si en los aviones voy escuchando música y me quedo invariablemente dormida, ¿por qué no intentarlo en casa? No con cualquier música, claro: el ritmo lento influye en los latidos del corazón y ayuda a dormir. Así que agarré el mp3 y me puse a escuchar en bucle la barcarola de Los Cuentos de Hoffman, de Offenbach. Y dormí... como se duerme en los aviones.

Me he despertado a las 8h. Si la barcarola dura cuatro minutos, la calculadora de Windows me dice que la he escuchado cincuenta veces esta madrugada. Ahora me pregunto:¿qué daño cerebral resultará de esto? Y, ¿para Offenbach es un mérito o una ofensa que su barcarola me resulte un sedante tan efectivo?

Aquí os la dejo:


La ciudad del final de los tiempos

San Petersburgo está construida sobre un lodazal; un inmenso delta que forma el río Neva en su desembocadura al mar Báltico. Fue una ciudad salida de la nada, en un lugar de climatología adversa, donde llueve más de seis meses al año; antes del nacimiento de la ciudad, ningún pueblo quiso establecerse aquí, donde era imposible cultivar nada, pues cada cierto tiempo el agua se lo llevaba todo.

Pero Pedro el Grande decidió que este lugar tan inhóspito sería el lugar donde él situaría la capital de su Imperio. Los rusos, que tienen un tanto de sensatez y otro tanto de superstición, saben que esa decisión fue un ataque de locura. Pedro había viajado por toda Europa vestido de sirviente; había estudiado en las mejores universidades y creía firmemente que el Hombre debía controlar a la Naturaleza, y no al revés. El hecho de que, en aquel momento, este territorio perteneciese al Rey de Suecia no pareció amilanarle. Por algo le llamaban el Grande.

Así que un día Pedro llegó y le arrebató a los suecos la pequeña fortaleza que controlaba la salida al Báltico. En esa fortaleza ordenó construir una capilla, y en esa capilla ordenó celebrar una misa ofreciéndoles sus victorias a sus santos patronos Pedro y Pablo. La Fortaleza de San Pedro y San Pablo fue el primer edificio petersburgués.


En sólo cinco años, Pedro diseñó y construyó una ciudad a su medida. Con la ayuda de los mejores arquitectos italianos, él mismo dibujó los planos, fijó dónde estarían las casas de los ricos y las de los pobres, qué aspecto tendrían y de qué material estarían hechas. Él mismo trabajaba de sol a sol con los obreros, los albañiles y los braceros. El 1 de mayo de 1705, Pedro dio por inaugurada su ciudad, a la que dio un nombre holandés: Sankt Pietersburg, en honor a su santo protector y, de paso, en honor a sí mismo también.

Sólo había un problema: la ciudad estaba vacía. Ningún noble ruso quería vivir en ella, pues es bien sabido que esa ciudad no estaba destinada a existir, y el zar había apostado contra el destino. Semejante atrevimiento no podía traer más que desgracias. Pedro les dijo a sus nobles:

- San Petersburgo es la nueva capital de mi Imperio y el lugar donde tendré mi corte. Si os mudáis a mi ciudad, os daré palacios y tierras y sirvientes.

Unos pocos le hicieron caso y se trasladaron a San Petersburgo, pero la gran mayoría dijo:

- Esa ciudad no debería existir. Si nos mudamos allí, ocurrirán desgracias. Preferimos quedarnos en Moscú.

Así que Pedro les respondió:

- San Petersburgo es la nueva capital de mi Imperio y el lugar donde tendré mi corte. Si os mudáis a mi ciudad, os daré palacios y tierras y sirvientes. Pero si insistís en quedaros en Moscú, os quitaré todas vuestras tierras, vuestros palacios y vuestros privilegios.

Y de esta manera consiguió el zar que su corte se trasladase con él a la nueva ciudad.

Era un hombre que toleraba muy mal las negativas.

Pese a todo, los nuevos petersburgueses sabían que la ciudad era un desafío al destino. Cada tantos años, el Neva y sus afluentes, el Moika y el Fontanka, volvían a por sus fueros y reclamaban lo que se les había arrebatado. Los palacios se inundaban, las calles volvían a ser lodazales y muchos sirvientes perecían ahogados.

Sin embargo, los zares que sucedieron a Pedro mantuvieron la capital en San Petersburgo; porque había sido un gran pecado construir esa ciudad antinatural, pero hubiese sido aún peor desafiar a la ciudad dejándola abandonada.

En el año 1762, después tres escasos meses de reinado, el pusilánime zar Pedro III fue encarcelado y asesinado por su esposa Sophie. Sophie era un mujer culta, inteligente y una grandísima estadista, y se hizo coronar Emperatriz con el nombre de Catalina II.


Catalina sabía lo que quería ser en la Historia: tan Grande como Pedro el Grande. Y se empleó a ello. Fundó dos ciudades (Yecaterimburgo en los Urales y Odesa junto al Mar Negro), pero sus mayores esfuerzos los dedicó a la gloria de San Peterburgo. Mirando de frente a la Fortaleza de San Pedro y San Pablo, al otro lado del Neva, Catalina ordenó levantar un monumento a su ídolo Pedro I: el Jinete de Bronce.

Los petersburgueses se miraron preocupados y dijeron:

- No es bueno mentar a la bicha. Hay que dejar que los muertos descansen. No podemos revivir los pecados de nuestros antepasados.

Aquel año, las inundaciones fueron más virulentas que de costumbre. Descartes, que había venido a pasar un par de días, cogió una pulmonía y se murió. Muchos petersburgueses consideraron esta desgracia como un mal augurio. La muerte de un filósofo cartesiano nunca ha traído nada bueno.

Catalina murió y su hijo Pablo fue asesinado, pues era tan pusilánime como su padre, y fues sustituido por Alejandro I, al que Catalina había educado personalmente. Alejandro quería parecerse a Catalina y a Pedro, el Jinete de Bronce, pero finalmente decidió que su destino era otro. El 1 de diciembre de 1825 emprendió un viaje a Odesa, la ciudad que su abuela había fundado. Nunca llegó. Alejandro I, el vencedor de Napoleón, fingió su muerte por el camino, para empezar una nueva vida en un monasterio de Crimea. Se dice que su fe fue recompensada con 111 años de vida en la tierra y con una inmensa sabiduría.

Mientras tanto, en San Petersburgo, seguían, puntualmente, las inundaciones, las lluvias y los ataques de locura. Un vagabundo petersburgués, alcohólico y ludópata, que acababa de regresar de los campos de trabajo en Siberia, tuvo, una tarde de 1857, un ataque de epilepsia. Mientras se convulsionaba sobre el suelo tuvo una revelación divina: vio cómo las aguas inundaban la ciudad hasta hacerla desaparecer por completo; para después cubrir la superficie de la Tierra y el universo entero. Una voz celestial dijo, en eslavo clásico:

- Así daré fin a mi Creación.

Muchos años después, cuando el pobre vagabundo, llamado Fiódor Dostoyevski ,había publicado ya varias novelas y era conocido en toda Europa, se atrevió finalmente a escribir en sus diarios esa visión que había tenido al volver de Siberia. Gracias a él, los rusos saben hoy que el día en que San Peteresburgo desaparezca, llegará el fin del mundo.

Más escritores y zares llegaron y murieron, hasta que en 1917, un tal Vladímir Ulianov decidió, un poco porque sí y otro poco motivos reales, que San Petersburgo no debía ser ya capital del Imperio, puesto que el imperio ya no existía. Esta vez, nadie tuvo que convencer a los nobles y los ricos de volver a Moscú: según parece, París les quedaba más cerca. Ulianov murió un par de años después y su sucesor, un tal Yósif Yugasviili, decidió cambiarle el nombre a San Petersburgo por el apodo que le daban a Ulianov: Leningrado, ciudad de Lenin. Y a la entrada de la ciudad se erigió una estatua en su honor: Lenin guiando a las Masas; o, como se la conoce popularmente, Lenin llamando a un taxi.



Leningrado podría haberse quedado, pacíficamente, a esperar el final de los tiempos, pero alguien quiso acelerar el proceso. Un día Hitler dijo:

- Leningrado y París ser las ciudades más bellas de Europa. ¡Yo conquistar Leningrado y París!

Conquistar París le fue relativamente fácil, porque al fin y al cabo París sólo es una ciudad mona, pero Hitler no había contado con que Leningrado era la ciudad del final de los tiempos, y que los rusos no iban a dejar que el mundo se acabase así como así. El general Zhúkov, nombrado por Stalin para organizar la defensa de la ciudad, elaboró un intrincado plan de túneles y vías de comunicación por toda la ciudad, y diseño espectaculares camuflajes para los edificios de la ciudad, para de esa manera proteger la belleza de los ataques de los nazis. En cuanto a las estatuas y las valiosas pinturas del Museo del Hermitage, Zhúkov decidió enviarlas a Moscú hasta el final de la guerra, cosa que hizo en tres lotes: primero la colección del Hermitage; luego la del Museo Ruso; y dejó para el final las estatuas que adornaban las calles. Naturalmente, la estatua más importante era la del Jinete de Bronce, y Zhúkov decidió que su traslado se haría por la noche, para no alarmar a la población, que veía en el Jinete el símbolo protector de la ciudad.

Sin embargo, el Jinete de Bronce nunca llegó a Moscú. La noche anterior a su traslado, Zhúkov tuvo un sueño. Al igual que Dostoyevski, Zhúkov vio cómo las aguas inundaban Leningrado y sintió, aterrado, que el final de los tiempos llegaría inmediatamente después. Pero, súbitamente, el nivel de las aguas bajó y de ellas surgió, galopando, el Jinete de Bronce, que se dirigió a Zhúkov y le dijo:

- Mientras yo esté en San Petersburgo, la ciudad será invencible.

Inmediatamente después Zhúkov despertó entre sudores y ordenó que la estatua del Jinete se quedase en Leningrado, pasase lo que pasase.

Poco después la Wehrmarcht llegó a las puertas de la ciudad, y comenzaron Los Novecientos Días. Probablemente, uno de los episodios más terribles de la Segunda Guerra Mundial. Durante el asedio, llegaron a morir más de 10 000 personas diariamente de hambre o de frío. Simplemente se desplomaban en las calles, y su cuerpos nunca llegaban al cementerio. Nadie preguntaba de dónde venía la carne que se vendía en los mercados. De la ciudad desaparecieron los gatos, los perros, las ratas y las palomas. La herida de Los Novecientos Días sigue abierta, y pocos petersburgueses quieren hablar de ello.

Pero el Jinete de Bronce siguió en pie, junto al Neva, y Leningrado fue invencible. El 9 de agosto de 1942, Shostakóvich estrenó en Leningrado su séptima sinfonía. Cientos de miles de petersburgueses famélicos, enfermos, moribundos, mutilados por los persistentes bombardeos nazis, asistieron al concierto en plena calle, mientras las bombas caían a su alrededor. Y se sintieron invencibles.

En 1944, la ciudad fue liberada.

Hoy en día, el Jinete de Bronce sigue en pie, mirando hacia la Fortaleza de San Pedro y San Pablo. El final de los tiempos, por el momento, está lejos.